jueves, 31 de octubre de 2013

El Legado del Sofer por Vivian Stusser

EL LEGADO DEL SOFER (LA IDENTIDAD DE DIOS), CONCURSO DE RELATOS BUKUSONLINE #BUKUSCE
La escena pertenece al libro El legado del Sofer, de Álvaro Díaz. Después de la cena, el día que el protagonista acompañado de Lídice y su padre visitaron la aldea medieval, la chica se retira pronto a elaborar su propuesta, y este relato cuenta una historia que podría haber sucedido luego que todos se retiraron a descansar.



SIN VUELTA ATRÁS




        Esa noche yo también me apresuré a retirarme a mi habitación. Ansiaba estar solo para poder regodearme en las sensaciones que había acumulado en todo un día interactuando con Lídice. Cierto que la mayor parte del tiempo había estado su padre presente, pero eso no había impedido que entre los dos se estableciera una corriente de complicidad que para mí había significado una promesa invaluable. Miradas, sonrisas, incluso algún que otro roce como al descuido, me habían convencido de que yo no estaba solo en mi pretensión de llegar a algo más con aquella linda chica de ojos grises y largos cabellos dorados, que estaba irrumpiendo en mi vida sin que yo hiciera absolutamente nada por evitarlo, más bien todo lo contrario.
        Qué tan rápido pudieran suceder las cosas, no era algo que me preocupara. Con la sociedad que habíamos sellado ese día, al menos verbalmente, íbamos a encontrarnos muchas veces más e incluso tendríamos el pretexto y la oportunidad de pasar mucho tiempo a solas. Todo sucedería a su tiempo, no pensaba apresurar nada, por mucho que mi piel se erizara al más mínimo roce de su mano y que se me hiciera un vacío en el estómago cada vez que ella clavaba en los míos sus ojos llenos vagas promesas de algo más.
        Sumido estaba en estos pensamientos, mientras me disponía a tomar un baño. Ya me había desnudado, cuando sentí un toque en la puerta. Convencido de que se trataba del mayordomo, me puse una toalla alrededor de la cintura y abrí la puerta. Cuál no sería mi sorpresa cuando encontré en el umbral a esos mismos ojos en cuyo recuerdo momentos antes me regodeaba, ahora con una expresión de genuina sorpresa en ellos.    -Disculpa, dame un momento para vestirme –balbuceé, turbado, al tiempo que notaba cómo las grises pupilas, ya superada la sorpresa, se movían discretamente por mi torso desnudo, detallándolo, lo que me provocó a mi pesar una fuerte excitación.
   -Claro –repuso ella, mirándome otra vez a los ojos y sonriendo ampliamente. Cerré la puerta y me apresuré a ponerme un albornoz. Tuve que esperar unos segundos a que la erección cediera y entonces abrí la puerta y le indiqué que pasara. Ella echó un curioso vistazo a la habitación y luego me miró fijamente.
   -Perdona que te moleste a estas horas. Es que estoy demasiado emocionada y como terminé pronto la propuesta, se me ocurrió que no era tan tarde para mostrártela. Lamento haber sido… inoportuna.    -No lo fuiste, solo iba a tomar un baño antes de dormir, pero puede esperar. Siéntate, ponte cómoda.
        Nos sentamos uno junto al otro en el sofá y ella me extendió los papeles. Mientras los leía, era plenamente consciente de su cercanía, podía sentir el suave olor de sus cabellos y escuchar su respiración, que me pareció algo agitada. Una gran confusión me invadía. ¿Lo de los papeles sería cierto, o nada más una excusa para volver a verme? Y en ese último caso, ¿solo pretendería disfrutar inocentemente de un rato más de mi compañía o estaría buscando que las cosas fueran a más esa misma noche? No podía concentrarme en lo que leía, así que miré el monto, que me pareció razonable y cuando alcé la vista hacia ella para decírselo, me encontré con que me estaba observando fijamente. Vistos de tan cerca, sus ojos resultaban hipnóticos y la belleza de su rostro, perturbadora. Noté entonces que se había colocado una flor tras la oreja. Una violeta. ¿Tendría alguna significación ese detalle, o sería simple coquetería femenina? No fui capaz de emitir un sonido y me quedé allí, prendido sin remedio del embrujo de aquella mirada. Lídice notó mi turbación y sonrió, relajando un tanto la situación, pero igual ninguno de los dos se atrevió a pronunciar palabra.
        Yo no era ningún novato en lances amorosos y lo que tenía que hacer seguidamente era obvio, de modo que lo hice. Alcé una mano y tomando su barbilla suavemente, la atraje hacia mi rostro. Ella no se resistió y cuando nuestros labios se rozaron, comprendí que deseaba tanto o más que yo aquel contacto. Nuestras bocas se fundieron en un beso que fue muy suave, muy húmedo y brevemente intenso. Nos apartamos y volvimos a mirarnos a los ojos. El néctar de sus labios ya me había embriagado y quería ir a por más. Sus ojos parecían gritar lo mismo, de modo que la rodeé por los hombros y la besé con fuerza, esta vez dejando salir toda la pasión contenida.
        Nuestras lenguas se entrelazaron y lucharon suavemente, primero tímidas, luego francamente agresivas. En el arrebato pasional busqué tumbarla en el sofá y ella no se resistió, pero cuando me coloqué encima, y dejé reposar mi cuerpo en el suyo, todo ello sin haber despegado los labios, sentí que el contacto con mi erección la ponía repentinamente tensa.
De inmediato me separé y la miré, interrogativo:
   -¿Voy demasiado rápido? No quería… Ella, de repente, se veía avergonzada. Se incorporó y se alejó un poco de mí.
   -Perdona, Álvaro, yo… Cuando vine estaba convencida de que nos besaríamos y lo deseaba con todo mi corazón. Ha sido maravilloso, pero yo… yo prefiero que no sigamos adelante. No hoy, no aquí…
Yo le sonreí. Ella se relajó y la preocupación en su mirada se tornó en curiosidad.
   -Este beso ha sido más de lo que me hubiera permitido soñar –aseguré-. Me doy por satisfecho. Por hoy, claro…
La curiosidad en su mirada se convirtió en promesa. Asintió enfáticamente.
   -Seguro. Ahora que has tenido la osadía de besarme, no te dejaré escapar tan fácilmente –afirmó, con una mirada traviesa.
   -Ni yo quiero escaparme a ningún lugar, como no sea a aquella aldea medieval y siempre acompañado de una bella restauradora.
Lídice sacudió la cabeza.
   -Dios, casi me olvido de a lo que vine. Entonces, ¿qué te pareció la propuesta? La miré, abrumado.
   -No tengo idea, apenas pude prestarle atención, teniéndote tan cerca. ¿Me la dejas hasta mañana?    -Por supuesto, tómate el tiempo que quieras –se puso de pie-. Y ahora me voy, antes de que alguien note mi excursión y mi reputación se vea comprometida.
        Ese último comentario lo acompañó de un guiño pícaro. Caminó hacia la puerta y yo fui tras ella. Aún mantenía una persistente erección, que abombaba obscenamente el albornoz a la altura de mi pubis, pero ya no me importaba demasiado que se notara. Mis cartas estaban descubiertas. Lídice se volvió antes de abrir la puerta y al percatarse de ella, se ruborizó levemente. El candor le sentaba maravillosamente y no pude evitar abrazarla y volver a oprimir sus labios con los míos. Ella, sorpresivamente, me correspondió apretándose a mi cuerpo, ya sin que aquella dureza pareciera afectarla. De hecho me pareció que hasta se frotaba contra mi pubis, buscando exacerbar mi excitación.
        Y lo logró, sin dudas. La pasión se desbordó de mi cuerpo y sin poder reprimirme, dejé que mis manos, que rodeaban su cintura, se deslizaran ávidas por sus caderas y alcanzaran sus nalgas, aferrándolas para hacerla pegarse más aún a mí. Mientras lo hacía, temía que ella de golpe reaccionara y otra vez se apartara, pero estaba tan excitada como yo y no solo no se resistió, sino que colgándose de mi cuello, rodeó mis caderas con su piernas, dejando que su sexo entrara en contacto con el mío, ya completamente fuera del albornoz, a través de la tela de sus vaqueros. Esa acción la hizo elevarse y sus labios se despegaron de mi boca, pero de inmediato unos botones desabrochados al vuelo develaron un hermoso sostén de encaje blanco del que unos senos redondos y no demasiado abundantes, pero increíblemente tentadores, parecían querer salirse. Sin pensarlo hundí mis labios entre ellos, mientras mis manos en su espalda buscaban con desesperación el cierre para soltarlo. En ese momento, un olor a violeta me llegó a la nariz y alcancé a ver cómo la flor detrás de su oreja se desprendía y lentamente se deslizaba hacia el suelo.
        Cuando abrí los ojos, ya era de día. Estaba tendido en el sofá, con el mismo albornoz medio abierto y una agradable sensación de placidez en el cuerpo. A mi mente acudieron de inmediato las escenas de la noche anterior y antes de que lograra experimentar la felicidad que evocaban, una duda se cruzó por mi cabeza. ¿Había sucedido todo eso realmente o solo lo había soñado? Confuso, me puse de pie y caminé por la habitación, buscando alguna pista de su presencia. Sobre la mesa estaban los papeles del proyecto de la aldea medieval. O sea, que ella sí había estado en mi habitación, eso estaba claro. Y lo más probable era que el beso en el sofá también hubiera ocurrido. Pero… ¿y lo demás?
        Me tranquilicé a mí mismo y decidí darme un baño y bajar cuanto antes a ver si podía encontrarme con Lídice a solas antes que todos llegaran. Confiaba en que sus ojos me lo dijeran todo, si acaso ya antes mi mente no había logrado clasificar los recuerdos entre reales o productos de mi febril ensoñación. Igual, pensé mientras el agua tibia corría por mi cuerpo, lo ocurrido acababa de marcar un hito en mi vida. Ya el beso en sí había sido suficientemente explícito, tanto por lo que me reveló de sus sentimientos hacia mí, como de lo que yo mismo experimenté al besarla. Estaba profundamente enamorado de esa chica y mi corazón comprendía que ya no había vuelta atrás.
        Una vez vestido, me encaminé a la puerta y fue entonces que la vi. Allí estaba, en el suelo, aquella violeta, ya marchita, como mudo testigo de lo que realmente había sucedido.
Este relato ha sido escrito por Vivian Stusser

Si quieres leer más sobre está obra:
El Legado del Sofer (La Identidad de Dios)
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Erotismo en Palabras